martes, 15 de julio de 2008

Convivencialidad y movimientos sociales

Armando M. Mier M.
La Jornada Morelos, 15 de julio de 2008.

Cuando la movilidad de capitales, bienes y servicios es irrestricta, las limitaciones al libre tránsito de la mano de obra son un sesgo evidente. Nuestro país firmo un tratado de libre comercio con Canadá y los Estados Unidos y el libre tránsito de seres humanos se restringe cada día más.
La lógica del país, y al parecer de todos los del tercer Mundo, significa que medianos y pequeños productores son perjudicados por la apertura económica, las clases medias, aunque ufanadas con su capacidad de endeudamiento, son sometidos a los rigores del desempleo, las clases bajas (con un proletariado cada vez más minúsculo) están crecientemente empobrecidos, y prácticamente acostumbrados a esta situación.
En esta lógica, los países menos desarrollados perciben los procesos de globalización como el nuevo mal, como un proceso económico, social y cultural de exclusión de grupos sociales más compactos y homogéneos (los grupos financieros de los países hegemónicos) por sobre otros grupos sociales cada ves mas dispersos y heterogéneos (los grupos sociales crecientemente excluidos de los países subdesarrollados).
Este proceso económico de globalización extrema de las relaciones capitalistas de producción, distribución y consumo, se inicia con el último cuarto de siglo pasado. El proceso tiene -entre otras características- la gradual generalización del libre comercio, la creciente presencia de empresas multinacionales que actúan como sistemas integrados de producción mundial, la expansión y movilidad de los capitales, una tendencia a la homogeneización de los modelos de desarrollo y restricciones crecientes a la movilidad de la mano de obra.
Habría que resaltar entonces que además de verse sometidas a dinámicas de integración y homogeneización regional y mundial, las formaciones nacionales encaran procesos de fraccionamiento y diferenciación espacial interno. Este doble movimiento definirá con mucho el papel de los estados-nación en las próximas décadas: contribuir eficientemente en la generación de núcleos localizados (nacionales-regionales-locales-supranacionales) de alta competitividad mundial y llevar a cabo una adecuada descentralización institucional para “gestionar el fraccionamiento” de los espacios sociales.
En este punto vinculado a la idea de las “ventajas competitivas” (donde cada región o país, o región dentro de un mismo país, tiene que encontrara sus productos que permiten competir ventajosamente) habría que reconocer, de una parte, que éste fenómeno constituye el sustrato para el florecimiento o fortalecimiento de tendencias separatistas-autonomistas al interior de los estados-nación y, de otra, favorecerá la expansión de las “mega-ciudades-regiones” o “polos supranacionales de desarrollo” insertados directamente al mercado mundial, a alguno/s de sus nichos, y que operarán relativamente inconexos de los anteriores centros nacionales de acumulación. Así, desde el punto de vista económico, la globalización no suprime lo local, más bien lo subsume a lo global.
Este proceso es de suma trascendencia desde la perspectiva del movimiento de las estructuras económicas, como desde las construcciones simbólicas de los sujetos, pues a la par del fenómeno de la “desterritorialización” en la creación de productos y servicios (lo que aunado a las tendencias a la homogenización del consumo fortalece en lo cultural la noción de globalización) tiene lugar un reforzamiento de las identidades locales, fenómeno estudiado por la antropología a partir del concepto de “reterritorialización”.
En el caso del movimiento de los “13 pueblos”, se observan elementos novedosos, pero que tienen que ver con estos conceptos de “desterritorialización” y “reterritorialización”, pero básicamente se encuentran fenómenos ya no tan antropológicos, y si muy sociológicos. Un pueblo indio (Xoxocotla) nuclea a los demás pueblos mestizos, Xoxocotla es un pueblo “indio” entre comillas, porque la mayoría de la población es mestiza y nativa de otras entidades, el fenómenos sociológico consiste en que un núcleo indígena, tradicional es capaz de absorber a una población “no india”, en base a un sistema de “pago de tributos por el uso de la tierra” a los recién llegados, es decir, no los expulsan, los absorben. El mismo fenómeno ocurre en Tepoztlan y Ocotepec.
Hay una contradicción entre el respeto del Estado de derecho sin lo cual la democracia se pervierte por el uso arbitrario de la fuerza y la transformación de este mismo Estado, que si no se produce también lleva a la perversión del Estado de derecho por su incapacidad de responder eficazmente a los procesos sociales novedosos y a los nuevos desafíos. Transformación que difícilmente impulsan las cúpulas políticas y jurídicas del Estado, casi siempre conservadoras del sistema que les concede el poder.
Esto nos lleva a otra pregunta: ¿Cómo salir del impasse derivado de las derrotas del Casino de la Selva, de las gasolineras finalmente impuestas, de la incertidumbre con relación al asunto del Manantial Chihuahuita. Tenemos que partir de un hecho, el movimiento social en Morelos viene de derrotas y pocos éxitos ¿Cómo entonces podemos ir más allá, de las llamadas retóricas a la sociedad civil y a la iniciativa ciudadana? ¿Cómo hacer que las propuestas no sean utópicas, sino programáticas, consignas movilizadoras, situadas en el tiempo y en el espacio posibles, en un presente actual y no en un futuro utópico?