sábado, 26 de julio de 2008

Movimientos sociales y conflictos ambientales

Armando M. Mier M.
La Jornada Morelos

Hay una contradicción entre el respeto del Estado de Derecho sin lo cual la democracia se pervierte por el uso arbitrario de la fuerza y la transformación de este mismo Estado, que si no se produce también lleva a la perversión del Estado de Derecho por su incapacidad de responder eficazmente a los procesos sociales novedosos y a los nuevos desafíos.
Transformación que difícilmente impulsan las cúpulas políticas y jurídicas del Estado, casi siempre conservadoras del sistema que les concede el poder.
Esto nos lleva a otra pregunta: ¿Cómo salir del impasse derivado de las derrotas del Casino de la Selva, de las gasolineras finalmente impuestas, de la incertidumbre en relación al asunto del manantial Chihuahuita?
Tenemos que partir de un hecho, el movimiento social en Morelos viene de derrotas y pocos éxitos ¿Cómo entonces podemos ir más allá, de las llamadas retóricas a la sociedad civil y a la iniciativa ciudadana? ¿Cómo hacer que las propuestas no sean utópicas, sino programáticas, consignas movilizadoras, situadas en el tiempo y en el espacio posibles, en un presente actual y no en un futuro utópico? ¿Cómo detener las decisiones unilaterales del Estado en Lomas de Mejía? ¿Cómo sensibilizar a la sociedad de temas como el petróleo?
En primer lugar, no hay que ver al sistema político y a las instituciones (incluidos los partidos) como un todo homogéneo. No solamente por las lógicas diferencias ideológicas y de interés entre partidos distintos, sino también por cómo viven las contradicciones entre valores y principios generales por un lado y normas y prácticas políticas y administrativas por otro, incluso las diferencias por los “botines”; en el caso de la barranca de Los Sauces, por ejemplo, existió una contradicción entre el ayuntamiento y el gobierno del estado, contradicción evidente, dada entre el ámbito político institucional local-regional y el estatal, contradicción, que muy sutilmente, se observa también en el conflicto de Lomas de Mejía ¿A quien (políticamente) le conviene que se haga, o no el tiradero?
Es sintomática la revitalización o la aparición de movimientos sociales de nuevo tipo, ambientalistas, defensores del territorio, del agua, y donde coinciden agentes de muy diversos orígenes.
Los movimientos sociales actuales y no tienen un formato clasista, sino justamente lo contrario, “Pluriclasitas” y temáticos, habría que agregar el auge y fortalecimiento del “municipalismo ¿Qué está faltando? la emergencia de liderazgos fuertes en estos ámbitos y la inexperiencia de los pobladores de clase media opuestos al tiradero.
Es sencillo entenderlo, Lenin hablaba, para referirse a las luchas obreras, como estas transitaban de un “economicismo” hacia una conciencia política de clase, que no era otra cosa, mas que identificar a la burguesía (en el caso del proletariado) como un conjunto uniforme que tenía un aparato de Estado represor a su servicio, ya no era el dueño de la fábrica, ahora era toda clase social opuesta.
Aquí ocurre algo semejante, los colonos de la clase media (provenientes de diferentes estratos de clase) no identifican al Estado y sus componentes: un aparato represor que ya hizo de las suyas, un aparato ideológico a su servicio (medios de comunicación) que distorsionan la información, y un aparato político (partidos) que juegan con los intereses legítimos de los colonos.
Estos movimientos surgen de las propias contradicciones generadas por los desafíos analizados anteriormente. Las estrategias sobre el territorio, la «demanda» de ciudad y de espacio público, la reivindicación del reconocimiento social, político y jurídico, el rechazo a la exclusión, la exigencia de participación y de comunicación, etc., incitan a la acción a diversos colectivos de población en tanto que ciudadanos o demandantes de ciudadanía.
Ahora bien, en la medida que nos encontramos ante problemáticas nuevas se requiere también una cultura política nueva que construya un discurso que proporcione legitimidad y coherencia a los movimientos cívicos.
Si no es así se corre el riesgo de acentuar la fragmentación territorial y sociocultural, de dar una imagen anacrónica o corporativa de las iniciativas cívicas y de depender únicamente de cómo se resuelvan en cada caso las contradicciones en el sistema institucional establecido.